¡Feliz décimo aniversario!

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La tesis doctoral siempre te marca (en mi caso, literalmente). Y por eso hoy, 9 de septiembre, es un día especial: hace exactamente 10 años que defendí exitosamente mi tesis sobre ciertas agrupaciones de estrellas muy luminosas y, al mismo tiempo, invisibles.

Invisibles en el sentido de que son indetectables por la visión humana desde el lugar que ocupamos en la Galaxia. Al igual que nuestro Sistema Solar, los cúmulos de estrellas de mi tesis están localizados dentro del plano Galáctico, el cual está repleto de nubes de gas y polvo que obstruyen nuestra visión “de canto” de la Vía Láctea.

Afortunadamente, esas nubes se van haciendo transparentes según las vamos observando con longitudes de onda cada vez mayores, alejándonos del rango visible por el ojo humano. Basta con apuntar con buenos telescopios equipados con instrumentos infrarrojos para poder detectar y estudiar cúmulos estelares masivos que estén situados en zonas distantes de nuestra Galaxia.

Mi tesis incluyó algunos cúmulos que nunca antes se habían investigado. Entre ellos Mercer 70, que se muestra en la portada de la tesis y en mi tatuaje (que reproduce nuestra observación de la región central del cúmulo con el Telescopio Espacial Hubble). También mejoré la caracterización de otros cúmulos masivos distantes poco estudiados.

Pero cualquiera que sepa un poquito del tema me podría discutir lo siguiente: hay unos pocos cúmulos jóvenes masivos (Westerlund 1, NGC 3603, Cygnus OB2) que están lo suficientemente cerca como para ser observados en luz visible y en mayor detalle. ¿No nos basta con esos para entender perfectamente estos cúmulos y su contenido estelar? ¿Qué ganamos estudiando otros conjuntos de estrellas muy parecidos pero más lejanos y con más dificultades de ser analizados?

La respuesta está en el título de mi tesis: los consideramos como sondas Galácticas. Es decir, como herramientas de exploración y medición para entender la física y la química de las zonas de la Vía Láctea donde recientemente nacieron.

Si volviera a vivir de nuevo, intentaría cambiar de profesión justo después de mi defensa de tesis. Pero igualmente habría elegido hacer el doctorado. El proceso de desarrollar una tesis doctoral es duro, pero te amuebla la cabeza y te transforma personalmente de manera extraordinaria. Tanto, que puedo afirmar que aquella experiencia compensa de sobra mi error, mi cabezonería de querer continuar por un camino sin salida digna. Diez años después, sigue mereciendo la pena tener este libro en mi mano.

(La parte de la derecha de la imagen muestra una nube de palabras de más de 4 letras, donde el tamaño de fuente es proporcional a la raíz cuadrada del número de apariciones en el texto completo de mi tesis)

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